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Marcos Terradillos haciendo una demostración de pintura rupestre en el Centro de Arqueología Experimental de AtapuercaMarcos Terradillos haciendo una demostración de pintura rupestre en el Centro de Arqueología Experimental de Atapuerca (Cortesía Marcos Terradillos)
David Canales, técnico superior en arqueología experimental de la Fundación AtapuercaDavid Canales, técnico superior en arqueología experimental de la Fundación Atapuerca (Susana Santamaría / Fundación Atapuerca)
Centro de Arqueología Experimental (CAREX, Atapuerca)Centro de Arqueología Experimental (CAREX, Atapuerca) (Susana Santamaría / Fundación Atapuerca)

Cómo vivir una experiencia prehistórica

Junio / Julio 2017

Marcos Terradillos / EIA / Universidad Isabel I

Cada vez nos resulta más familiar el concepto de arqueología experimental pero, ¿cómo podemos definirlo? La arqueología experimental es una disciplina científica -y también divulgativa- en auge, que facilita la comprensión de las diferentes actividades desarrolladas por el ser humano en el pasado.

Desde la segunda mitad del siglo XX se han realizado experimentaciones que tienen como objetivo la comprensión de los procesos tecnológicos desarrollados por los seres humanos del pasado. Así, la arqueología experimental es una excelente herramienta que supera con creces su factor lúdico para convertirse en una disciplina que mediante la práctica, recogida de datos y verificación de hipótesis nos permite conocer empíricamente cómo se desarrollaron realmente en el pasado procesos tecnológicos como, por ejemplo, la producción de un bifaz. Con este método se pueden abordar cuestiones relacionadas con la calidad de las rocas utilizadas para fabricar cuchillos, los tiempos de elaboración de instrumentos, los métodos empleados, las técnicas de producción, “la marca del artesano”, etc. Pero, en la actualidad, la arqueología experimental está cobrando una especial relevancia no solo dentro de la investigación científica, sino también en el campo de la divulgación y la didáctica. Su dinamismo, visualidad, así como el factor lúdico de esta modalidad científica, la convierte en una herramienta idónea para acercar a la sociedad actual los modos de vida desarrollados por grupos humanos del pasado, por ejemplo, en la sierra de Atapuerca desde hace más de un millón de años.

La arqueología experimental se ha convertido en una excelente plataforma de transmisión de conocimientos en centros de interpretación arqueológicos, museos y aulas; e incluso ha pasado a formar parte del currículum de grados universitarios en diversas universidades. Al mostrar de forma práctica las técnicas de producción de una herramienta o una estructura, y al ponernos por un momento en el pellejo de los hombres, mujeres y niños del pasado, se adquiere un conocimiento más completo de cómo el ser humano pudo desarrollar los diferentes procesos técnicos, cómo y por qué eligió los materiales empleados, con qué tipo de problemas se enfrentó y cómo pudo superarlos, cuáles eran sus objetivos y a qué posibles fines podría destinar cada instrumento. Con este método, todos podemos llegar a comprender que los seres humanos fueron dando soluciones culturales a los retos de la vida, desarrollando valores de superación, trabajo colaborativo y solidaridad.

Esta disciplina adquiere especial relevancia en los denominados parques arqueológicos. Uno de los primeros en nuestro territorio fue el Parque Arqueológico de Atapuerca (abierto en 2001 y convertido ahora en el Centro de Arqueología Experimental de Atapuerca, abreviadamente CAREX). El CAREX es un centro donde el visitante puede acercarse a la prehistoria de forma dinámica y participativa, conociendo a través de la experimentación cómo se fabricaron en el pasado las herramientas de piedra, cómo se producía fuego, cómo se construían cabañas, cómo se cazaba, cómo se pintaba o se fabricaban cestos, telas, recipientes cerámicos, etc. El objetivo final de la arqueología experimental no es otro que inferir comportamientos humanos, es decir, conocer mejor a nuestros antepasados.

Como hemos visto, la arqueología experimental no solo desarrolla una función esencial en la investigación científica, sino que también cumple una importante función social de divulgación científica. La divulgación científica es en la actualidad una de las disciplinas más relevantes de las ciencias sociales y naturales, por su papel esencial de intermediaria entre los grandes avances científicos (como los que tienen su origen en la sierra de Atapuerca) y la población. Generar una sociedad del conocimiento requiere una comunicación eficaz entre quienes generan avances científicos (como el Equipo de Investigación de Atapuerca) y el público en general. En nuestro caso, esta comunicación eficaz la desarrolla la arqueología experimental.

Como decía Isaac Asimov, “la ciencia es un mecanismo, una manera de perfeccionar nuestro conocimiento de la naturaleza; y la experimentación es lo que nos permite verificar, en las diferentes especialidades científicas, que lo que sabemos acerca del universo es cierto o, al menos, tan cierto como es posible hoy en día”. O como decía Albert Einstein, “no entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela”. Con la arqueología experimental, enseñaríamos a nuestra abuela, por ejemplo, el proceso de producción de un instrumento de piedra, y la animaríamos a romper una piedra para producir un filo.

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